El domingo acabó mientras recogía las piezas de madera, la pandereta, el tambor y, el portátil de plástico. Esta vez fue mi sobrino quien como un tornado arrasó con mi habitación. Te coge de la mano para que le alcances los objetos que siempre acaban en el suelo y que por ahora, se libra de recoger.
Pero para mí, el domingo acabó antes, tras varias conversaciones por el Messenger, pues me vino el desánimo. No se si fue un contagio vía Internet o quizás motivado por acompañar la tarde de domingo con la voz de Antony and the Jonhnsons.
Y cuando ya nada quedaba por hacer, excepto recoger mis sábanas que colgaban del tendero que da al parque, me fijé que había luz en el tercero, en la habitación que corresponde a un cuarto de baño. El cuerpo desnudo de mujer en la intimidad más absoluta que la noche y la luz de la habitación, permiten.
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